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Breve historia del escote

Fue el hombre quien lució por primera vez el pecho con el solo fin de seducir. El hecho fue simultáneo con el nacimiento de la moda en el siglo XIV, donde mujeres y hombres rivalizaban en el predominio de la seducción mediante el uso del traje. El escote, abismo donde se estrellan las miradas masculinas, región preferida de la seducción femenina. Lugar de reposo de un collar de perlas. “Un pecho fraterno donde morir abrazao”… ¿Acaso algún lector masculino podrá negar que alguna vez se le han caído los ojos ante un escote profundo?

Hay algo que el imaginario popular desconoce, y eso es que fue el hombre quien lució por primera vez el pecho con el solo fin de seducir. El hecho fue simultáneo con el nacimiento de la moda en el siglo XIV, el período más fantasioso de la historia, donde mujeres y hombres rivalizaban en el predominio de la seducción mediante el uso del traje. Al acortarse y ajustarse las prendas masculinas, la camisa que se colocaba por la cabeza a través de un corte vertical se abrió en forma lateral y dejó las clavículas al descubierto (el escote bote). El escote ancho acentuaba la elección personal: las mujeres llevaban corsés (por entonces, vestidos) ajustados en profundos y anchos escotes en “v” que más adelante acortarían pudorosamente por medio de un triángulo, transformándolo así en un escote espejo acorde a las normas morales. 

Los hombres, en cambio, vestían un jubón bien abierto relleno con guata que exhibía el pecho, mientras que en Borgoña, por ejemplo, las mujeres velaban parte de él mediante una muselina que le agregaba fineza y glamour. Durante el siglo XVI, la severa moda española dominante en Occidente lo ocultaba por completo; en Inglaterra, Isabel lo escondía con perlas y encajes. En Flandes, la floreciente industria también promovía el uso de estos últimos. Solo las venecianas tenían la osadía de mostrarlo recto y enmarcado con un gran cuello “Medici”.

En el siglo XVII las leyes suntuarias, preocupadas por el lujo en las ropas, hicieron que el pecho se ocultara detrás de cuellos rizados y encajes enormes. Sólo a finales de ese siglo el escote volvió a aparecer rectilíneo, cuando los vestidos se ablandaron y soltaron. Para aquel entonces se había abandonado el cuello alto almidonado por detrás de la cabeza y se dejaba cada vez más libre el pecho. En los vestidos de corte, por su parte, el escote oval mostraba la piel blanca enmarcada por una gargantilla de terciopelo acorde al preciosismo barroco.

El siglo XVII, con sus pelucas enormes y sombreros grandes no logró alejar la mirada de los escotes que, en los cuerpos rígidos que ahogaban a las damas, remataban con un nudo llamado “felicidad perfecta” o velaban con un “pañuelo mentiroso”. La Revolución Francesa opacó todo el esplendor de los siglos precedentes. Tras los años del terror, con el primer imperio se impuso la línea recta en los vestidos y aparecieron las transparencias; el escote, que modelaba el busto, volvió a reinar en el talle alto. Las muselinas y las gasas insinuaban desnudez; los collarines hechos del primer material y los finos collares de plata solían enmarcar el escote; la forma recta o cuadrada se mantenía. 

La moda burguesa de 1830 impuso los hombros caídos, con lo que regresaron los escotes profundos ovalados, en “v” o totalmente rectos. Con el imperio, los grandes escotes atrajeron las miradas que de otra forma hubieran quedado opacadas por los enormes miriñaques y adornos de volantes y flecos del “estilo tapicero”. La aparición de la alta costura, con Worth a la cabeza, reinventó la silueta femenina y el escote solo continuó su existencia en los trajes de baile. Para el día se imponía el cuello elevado hasta las orejas, que se mantendría durante toda la “Belle Epoque”. 

La Primera Guerra cambió las costumbres y las modas. La mujer libre y deportista desafió la cintura y el pecho, suprimiendo el corsé y acortando la falda. También se cortó el pelo “á la garçon” y sorprendió al hombre con su aspecto varonil de formas netas. Voluntariamente, los jóvenes tenían el “atractivo de lo imprevisto”. En 1925, el escote se trasladó a la espalda, se volvió mucho más pronunciado y continuó acentuándose durante los años siguientes. Paulatinamente, la mirada masculina descendió, atraída por las piernas, un atractivo potenciado por el movimiento de las faldas muy cortas que, junto con grandes collares y flecos, se sacudían al compás del jazz. Los collares de perlas de varias vueltas, los “fulars” y echarpes le dieron un toque de sofisticación, al igual que el cabello corto y ondulado, encasquetado por una “choche” que llegaba hasta los ojos sombreados con “Kohl”. 

Hasta la Segunda Guerra Mundial, la mujer hombruna adoptó prendas masculinas: Chanel, Patou y Lelong crearon los modelos más típicos de la nueva silueta. El escote desapareció detrás de una blusa blanca estilo camisa y una corbata masculina de moda; el music hall y el cine impusieron sus gustos en maquillaje y peinados. En la posguerra, el vestido de cocktail corto, ancho y escotado se convirtió en el uniforme de las grandes veladas mundanas. El “New Look” de Christian Dior en 1947 revolucionó la moda y modificó nuevamente la figura femenina. Se marcó la cintura y las curvas sinuosas se transformaron en el sello de la época. En los años cincuenta las divas del cine le devolvieron al escote el sentido para el que fue creado: el de seducir. Marilyn Monroe, Rita Hayworth, Gina Lollobrigida, Sophia Loren, Anita Ekberg y nuestra Isabel Sarli instalaron el escote en la memoria colectiva, pero el destape de los años noventa eclipsó el interés por él. Las transparencias dejaron de insinuar para mostrar, y así se perdió mucho de su glamour y también de su razón de ser. Aún así, en la actualidad el escote se mantiene en sus distintas formas, particularmente en el traje de noche donde, fresco y femenino, mantiene su poder de seducción.

Osvaldo Tanzola es profesor de Historia del Traje y co-director de Elepe Maquillaje.